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Si el virus entra en la cárcel sería incontrolable

El peso de las emociones comienza a hacer mella después de una semana de confinamiento. Nada más descolgar el teléfono, Luisa rompe a llorar «por la situación en general y por la de mi hijo en particular». Luisa, nombre ficticio, es  la madre de un recluso de Puerto III. Desde que se decretó el estado de alarma, no ha podido tener un vis a vis con él, ya que las comunicaciones directas están suspendidas para evitar la exposición de la población reclusa a un posible contagio. Como tantas otras madres, Luisa suma ya varios días sin ver a su hijo, aunque con la situación excepcional de que el suyo no está en su casa, si no en la cárcel, una circunstancia que rebosa un vaso colmado de preocupaciones.

El hijo de Luisa, de 29 años, cumple este mes de marzo cuatro años interno en Puerto III. «Ha hecho muchas tonterías en su vida», lamenta la madre. Ella es plenamente consciente de que el coronavirus está fuera de la cárcel, no dentro; por esa razón, siente «cierta seguridad». Sabe también que los internos que ingresan nuevos estos días pasan un periodo de aislamiento como medida preventiva. La incertidumbre viene del único contacto con el exterior que tienen los presos: los trabajadores de la propia cárcel.

«Solo espero que el virus no entre en la cárcel. Si eso pasara, sería incontrolable», afirma preocupada Luisa. «Con un solo positivo, la infección sería masiva. Una catástrofe«. Para esta madre, la reclamación de los funcionarios de prisiones es más que comprensible. «En las cárceles hacen falta mascarillas al igual que en cualquier otro lugar susceptible de contagio masivo».

«Antes del brote, yo iba a ver a mi hijo todas las semanas a Puerto III. Ahora solo hablamos por teléfono. Un día habla conmigo y al siguiente, con su abuelo, que es como un padre para él», explica Luisa. «Mi hijo me dice que dentro de la cárcel todo está bien, que la cosa está tranquila, pero claro, los que estamos fuera no lo sabemos a ciencia cierta. No sé si me lo dice para no preocuparme… Yo le insisto una y otra vez: que esté tranquilo y que no se meta en líos«.

Sobre el nerviosismo que se está generando entre la población reclusa drogodependiente por el síndrome de abstinencia -pues sin vis a vis y sin permisos penitenciarios la droga no entra en la cárcel-, Luisa no se muestra especialmente alarmada. «Lo mismo ocurre dentro que fuera con los trapicheos, el que vendía antes en la calle, ahora no distribuye. El mono por no consumir está en todas partes, no solo dentro de los centros penitenciarios», opina.

Decretada la prórroga del estado de alarma hasta el próximo 11 de abril, la madre de este preso cuenta en sus largas noches de insomnio los días que le quedan para poder visitarlo de nuevo.

Visto en: https://www.diariodecadiz.es/noticias-provincia-cadiz/crisis-coronavirus-entra-carcel-incontrolable_0_1448855302.html

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